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miércoles, 5 de noviembre de 2025

La vocación religiosa como defensa

 A veces, cuando acompaño psicológicamente a sacerdotes y religiosos, aparece una sensación difícil de nombrar. No es falta de fe. No es una crisis de sentido del todo. Es algo más delicado, más hondo: la impresión de que, en el origen de algunas vocaciones, hay heridas que nunca fueron puestas en palabras. Y que la elección de una vida religiosa, aunque sincera, pudo haber operado también como una manera de no mirar ciertos dolores. De protegerse.

A esta forma particular de configuración del llamado me permito denominarla "vocación defensiva". No en el sentido de ser falsa o mentirosa, sino como una estructura que se arma para sostener al yo cuando la vida, en sus primeros tramos, no ofreció suficiente contención o simbolización. La religión, entonces, aparece como un orden, un refugio, una promesa de sentido. Y eso no está mal. Pero puede volverse problemático cuando, pasados los años, ese andamiaje sigue operando más como defensa que como impulso vital.

Muchos religiosos fueron niños buenos, adaptados, cumplidores. Muchos aprendieron temprano a hacerse cargo, a cuidar, a callar. No es raro que el ideal de entrega aparezca muy pronto como una vía natural. Pero a veces, esa entrega está sostenida por una renuncia silenciosa a los propios deseos. O por un temor inconsciente a la vida afectiva, al cuerpo, a la libertad.

La vocación religiosa puede alojar tanto un llamado profundo como una estrategia inconsciente para evitar el dolor. Puede ser, a la vez, un gesto del alma y un mecanismo de defensa. Esto no invalida la vocación, pero nos invita a mirarla desde otro lugar: no solo como una elección, sino también como una historia.

Hay quienes ingresan al seminario buscando a Dios, pero también buscando al padre bueno que no tuvieron. Hay quienes eligen el celibato con devoción, pero también con miedo al deseo. Hay quienes se entregan al servicio con generosidad, pero sin haber podido explorar sus propios límites o necesidades. Y en todos estos casos, la vocación puede mantenerse durante años, incluso con frutos. Pero llega un momento en que la estructura comienza a romperse.

A veces, ese momento llega como cansancio. Otras veces, como un dolor difuso, una desmotivación que no se explica. A veces, como una atracción inesperada. O como una crisis. Y allí aparece la pregunta: ¿Por qué estoy acá? ¿Qué me trajo realmente hasta este lugar? ¿Fue solo Dios, o también una necesidad de refugio, de orden, de pertenencia?

El problema no es haber llegado por defensa. Todos, en algún punto, hemos necesitado defendernos. El problema es no poder mirar eso con ternura y con verdad. Cuando una vocación no se revisa, se corre el riesgo de rigidizarse, de vaciarse de sentido. Se vuelve formalismo. O se habita con una tristeza callada.

Pero cuando se la puede revisar, cuando se puede nombrar el miedo, la carencia, la necesidad que también estuvo allí en el origen, entonces algo se transforma. La vocación se limpia. Se aligera. Puede renacer desde otro lugar.

No se trata de abandonar el camino, sino de hacerlo más verdadero. Más encarnado. Más libre.

Acompañar estas preguntas no es fácil. Hay que animarse a escuchar sin juzgar. A abrir espacio para el dolor sin apurarse a resolver. A diferenciar lo que es fe viva de lo que es mecanismo de supervivencia. Pero vale la pena. Porque cuando un religioso se reencuentra con su deseo profundo, cuando puede volver a mirar su historia sin miedo, algo se enciende. Algo respira.

Y entonces, quizás por primera vez, esa cruz que cargaba no como elección sino como destino, puede volverse signo de vida. Y no escudo.

Esa es, tal vez, la verdadera Pascua vocacional.


Juan Manuel Otero Barrigón


Foto de Roger Ce https://www.pexels.com/es-es/foto/arquitectura-techo-religion-catedral-14242351/


sábado, 1 de agosto de 2020

La importancia de una espiritualidad arraigada



Una salida al desencuentro actual entre espiritualidad y religión requiere un diagnóstico preciso de las relaciones entre ambas. La experiencia espiritual forma parte de la vida, de lo que ocurre dentro y fuera del ser humano. No se basta con lo aparente, aspira a la profundidad que le permita transformar en extraordinario cada aspecto de la realidad. La tradición, por su parte, es la sabiduría acumulada a través de los siglos, el seno creativo que refleja los avatares de hombres y mujeres en su exploración de la existencia. La espiritualidad necesita alimentarse de la tradición para no terminar convirtiéndose en un derroche de buenas intenciones. De la misma forma, la tradición sin experiencia espiritual deviene en un fósil cultural, destinado a los libros de Historia. Anclada en el pasado, y sin el fuego animador de la espiritualidad, los preceptos, las doctrinas, los ritos, y las instituciones son como un cuerpo sin corazón, que no puede caminar ni ponerse de pie. En sus mejores momentos, y de la confluencia siempre renovada entre ambas, brota la capacidad de crear conceptos nuevos, imágenes y símbolos que le permiten al ser humano entenderse mejor a sí mismo y al mundo; y por este camino, bajo suelo firme, sondear las periferias del Misterio insondable.

Juan Manuel Otero Barrigón

🎨 Pintura: Diego Oscar Ramos - Arte Visual

martes, 21 de julio de 2020

El árbol de las prácticas contemplativas




“The Center for Contemplative Mind in Society”, una organización sin fines de lucro dedicada al cultivo de la espiritualidad, diseñó esta interesante ilustración (*) sobre las prácticas contemplativas, un esquema heurístico que nos ayuda a ubicar y entender el origen y la relación de diversas disciplinas entre sí. 

Según las propias definiciones de la institución:

<<En el Árbol de las prácticas contemplativas, las raíces simbolizan las dos intenciones que son la base de todas las prácticas contemplativas. Las raíces abarcan y superan las diferencias de las tradiciones religiosas que dieron origen a muchas de las prácticas, y permiten ubicar e incluir nuevas prácticas que se han creado o se están creando en contextos seculares.

Las ramas representan diferentes grupos de prácticas. Por ejemplo, Prácticas de quietud, que se centran en aquietar la mente y el cuerpo con el fin de desarrollar la calma y la concentración. Prácticas generativas que pueden tomar formas diferentes, pero que comparten el objetivo común de generar pensamientos y sentimientos, tales como devoción o compasión. (Hay que tener en cuenta que esta clasificación no es definitiva, y muchas prácticas podrían incluirse en más de una categoría)>>

El tronco del árbol nos indica lo que vamos a lograr desarrollando las distintas disciplinas: 

* Comunicación,  
* Conexión con el Misterio que nos habita y al cual pertenecemos; y,
* Consciencia (así, escrita con una s en el medio).

Las distintas ramas del tronco nos sugieren

Prácticas de quietud: Estar en silencio, Centrarse, Meditar, Acallar la mente.

Prácticas activas: Peregrinajes, Vigilias y Marchas (podríamos aquí poner como ejemplo las procesiones católicas, algunas con cantos, otras en silencio. Caminatas como la anual hacia Luján o la del célebre camino de Santiago de Compostela), Dar Testimonio, Activismo en pos de la Justicia Social, y los Voluntariados. 

Prácticas generativas: Lectio divina, Cultivar la gratitud, Visualizaciones, Meditaciones de compasión y bondad.

Prácticas de movimiento: Artes marciales, qi gong, tai chi chuan, yoga, meditación caminando, Aikido, caminar por laberintos.

Prácticas de rituales: Retiros, Crear un altar o espacio sagrado, Ceremonias y rituales basados en las diversas tradiciones culturales y religiosas.

Prácticas de procesos creativos: Cantar, Hacer música, Pintar, Escribir un Diario, Cultivar el arte contemplativo mediante imágenes emergentes de procesos de imaginación activa.

Prácticas relacionales: Dialogar, Escuchar profundamente, Narrar cuentos y/o mitos clásicos, Conformar círculos (como los de mujeres u hombres).

Muchas de estas prácticas son inherentes al tesoro espiritual de las grandes tradiciones: Cristianismo, Judaísmo, Hinduismo, Islam, Budismo, y Taoísmo, entre otras. Algunas de ellas tienen incluso un componente geográfico y cultural específico, propio de una zona o país determinado. Por ejemplo, hay laberintos católicos como el de la catedral de Chartres, que atrae mucho la atención de curiosos no católicos, y muchas basílicas expresan laberintos y símbolos espirituales profundos. Ciertas expresiones cristianas cultivan el don de lenguas, lo mismo que algunos pueblos originarios, al igual que los círculos carismáticos. Los musulmanes usan un rosario para entonar sus oraciones, de manera similar a los católicos y varias corrientes hindúes.

ABC de las prácticas contemplativas.

En un sentido amplio, las prácticas contemplativas son muy diversas, adoptan distintas formas y se originan en el vasto árbol de tradiciones de todo el mundo.

Son disciplinas orientadas a cultivar la indagación y muy especialmente, la interioridad. A veces se centran en la concentración y la experiencia directa con el objeto simple, a veces lo hacen sobre ideas o procesos complejos. Incorporadas a la vida cotidiana, actúan como recordatorio de la importancia de sintonizar con lo realmente esencial y significativo en nuestras vidas. Pueden ayudarnos a desarrollar la empatía y la comunicación, a mejorar la concentración y la atención, a reducir el estrés y aumentar la creatividad, todo ello fundamentado en una mirada amorosa y compasiva de la vida.

En medio de la actividad frenética y la tendencia a la dispersión y la distracción a la que tantas veces nos arrastra la cotidianeidad, las prácticas contemplativas nos acercan a una actitud práctica, radical y transformadora. El desarrollo de capacidades para la concentración profunda y la calma y la observación de la mente nos ayudan explorar el significado, propósito y los valores que guían nuestro recorrido.

Partiendo de las características de su propia personalidad, algunas personas encuentran que las prácticas físicas activas, como el yoga o tai chi, funcionan mejor para ellos. Otros prefieren alimentarse en las prácticas de quietud y silencio, como la meditación consciente. Algunas personas encuentran que los rituales enraizados en una tradición religiosa o cultural les traen alivio espiritual y les permiten conectar con la dimensión simbólica de la existencia. De la misma manera, algunas de estas prácticas se realizan en soledad mientras que otras se desarrollan en contextos grupales, que favorecen el estímulo a la reflexión y la transformación de los contextos sociales en los que cada uno participa y vive.




(*) Copyright information: “The Tree of Contemplative Practices” by Carrie Bergman. Used with permission due to its inclusion for educational purposes only. Retrieved on 23/2/19 from CMind, the Centre for Contemplative Mind in Society: http:// www.contemplativemind.org/practices/tree

viernes, 17 de julio de 2020

La función religiosa de la Psique

La función religiosa de la Psique es tan fundamental como la necesidad de beber o alimentarse. Ya sea consciente o inconscientemente elegido, la Psique busca y selecciona un principio central y organizador de la vida. En tal sentido, los dioses seculares pueden abarcar desde la comida, el dinero, el sexo, o incluso la ciencia, hasta las deidades mismas ocultas en la adicción; dioses falsos gobiernan tras los telones de los conflictos neuróticos. Desde antaño, las religiones y cosmologías tradicionales procuraron ofrecer puentes hacia marcos mitológicos con significados profundos y bien estructurados.

Darse cuenta, en el contexto de realidades más abarcativas, de lo que en la literatura junguianamente inspirada se denomina "religious impulse" o "religious instinct", tiene el potencial de conectarnos con el misterio y la experiencia numinosa; poder reconocernos como parte de algo mayor. Para C.G.Jung, la pregunta determinante era si una persona estaba relacionada con el infinito: “Parecería que el hombre que busca en vano su existencia y hace de esa búsqueda una filosofía, sólo por medio de la vivencia de la realidad simbólica reencuentra el camino de regreso hacia un mundo en el cual ya no es un extranjero" (*)

Juan Manuel Otero Barrigón

🎨 Pintura: Diego Oscar Ramos - Arte Visual

📚 (*) Fuente de la cita: "Los aspectos psicológicos del arquetipo de la Madre", en "Arquetipos e inconsciente colectivo", Ed. Paidós, Barcelona, 2006, p. 124.