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viernes, 9 de febrero de 2024

Pequeño elogio al Diálogo Interreligioso

(Imagen: Sam Christensen) // En el escenario complejo del entendimiento humano, donde los caminos de la fe se entrelazan como ríos que convergen en un solo océano, el diálogo interreligioso asoma como un puente de luz sobre aguas misteriosas y profundas. En el mapa colorido de  tradiciones diversas, cada sílaba pronunciada es como una nota en el concierto universal de la comprensión.

Podemos imaginar un jardín donde florecen las palabras, donde cada pétalo de fe despliega su esencia única, pero enredándose armoniosamente con las demás, formando un paño de aromas y colores. 

El diálogo interreligioso nace muchas veces en la noche oscura del desconocimiento, guiando a los buscadores de verdad hacia la orilla segura del encuentro y la escucha. En su luz serena, se disipan las sombras del temor y la desconfianza, pudiendo abrirse paso la esperanza de un mundo donde la diversidad sea celebrada como un tesoro invaluable. 

El llamado es incesante. El Papa Francisco dijo recientemente que "el diálogo interreligioso es un servicio urgente e insustituible para la humanidad, para alabanza y gloria del Creador de todos".

Cada intercambio de palabras es como una gota de rocío que refresca el alma sedienta de comprensión, nutriendo la tierra árida de la extrañeza con la promesa perenne de la paz. Si la escucha es sagrada, las diferencias se tornan un puente hacia la unidad, y el respeto mutuo puede florecer como un jardín en flor.

El misterio de lo divino puede contemplarse en todas sus manifestaciones; recordándonos que, más allá de las doctrinas y su belleza, late un corazón común en cada ser humano. Martin Buber afirmaba que "el encuentro es la esencia de la relación humana". Sólo en este banquete del encuentro es donde podemos vislumbrar la riqueza de la unidad en la diversidad, y encontrar la amistad que anhelamos en un abrazo amoroso.

Juan Manuel Otero Barrigón


sábado, 1 de julio de 2023

Sobre los cristianos anónimos

 En el pensamiento cristiano contemporáneo, existe una figura potente orientada a construir una Cultura por la Paz. Se sintetiza en la expresión "cristianos anónimos", que a mediados del siglo XX, propuso el teólogo jesuita Karl Rahner. Con ella, Rahner se refería a las personas que viven de acuerdo con la voluntad de Dios, aunque no se identifiquen como cristianas. Rahner sostenía que la gracia de Dios está disponible para todas las personas, más allá de su afiliación religiosa. Una noción que amplió universalmente el horizonte de salvación, abarcando a todos los seres humanos por igual. El pensamiento de Rahner inspiró algunas de las líneas directrices seguidas por el Concilio Vaticano II. Entre ellas, la valoración del tesoro de sabiduría contenido en otras tradiciones. Aquellas "semillas de verdad" referidas en la Declaración Nostra Aetate, donde textualmente se lee: "La Iglesia católica no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepen mucho de los que ella mantiene y propone, no pocas veces reflejan, sin embargo, un destello de aquella verdad que ilumina a todos los hombres" (Octubre de 1965). Según Rahner, los "cristianos anónimos" se encuentran entre quienes siguen otros caminos religiosos e incluso entre aquellas personas que no se identifican con ninguna religión. Rahner sostenía que estas personas, aunque no sean conscientes de ello, pueden estar en comunión con Dios y vivir según los valores del Evangelio, aún sin presentarse como cristianas. La tesis de que hay muchos cristianos que no se identifican explícitamente como tales nos recuerda que la búsqueda de la paz y de la verdad no son propiedad exclusiva de una tradición o religión en particular. Los valores como el amor, la compasión, la justicia y el perdón son universales y practicados por personas de todas las creencias e incluso por personas sin creencias religiosas. Por otro lado, la expresión "cristianos anónimos" nos invita a reflexionar también sobre la importancia que tiene el testimonio de vida, por encima de la mera identificación nominal con una religión o filosofía. Esto significa que lo trascendente, ya no es tanto la categoría a la que pertenecemos, sino el modo en el que vivimos nuestros valores en el mundo. Si buscamos la paz en nuestras relaciones y comunidades, tendremos que actuar de manera coherente con esos valores en nuestro día a día. Desafío y compromiso evangélicos que pueden encontrarse por doquier. Tanto dentro como fuera de las instituciones. En lugar de adoptar una actitud intransigente o exclusivista en nuestra comprensión de la religión, Rahner sugiere la importancia de una actitud humilde y abierta a las diferentes formas en las que la espiritualidad puede manifestarse en la vida de las personas. Al reconocer que hay diversos caminos para buscar la paz y la plenitud humana, podemos fomentar un diálogo interreligioso genuino y una cooperación más amplia en nuestra búsqueda común de un mundo más pacífico y justo.

Juan Manuel Otero Barrigón

lunes, 31 de agosto de 2020

La pandemia como experiencia ecuménica

 "La Pandemia como experiencia ecuménica" es un interpelante escrito del sacerdote Tómas Halík, publicado en el libro "Dios en la Pandemia" (Sal Terrae, 2020). Es una invitación a pensar profundamente estos tiempos extraordinarios que vivimos, nuestros paradigmas ecuménicos, y los compromisos que hoy demanda la posibilidad del diálogo interreligioso, como así también, todo encuentro fructífero con los no creyentes. Reconocer la alteridad de los demás en toda su dimensión y dignidad es hoy una tarea súper necesaria para caminar juntos hacia la Nueva Comunidad Humana. 
El PDF del artículo puede leerse acá: